lunes, 7 de marzo de 2016

PREGUNTAS SOBRE EL HOMBRE

PREGUNTAS SOBRE EL HOMBRE

Por  Rolls   Moorre T. 1999

¿Qué es  el hombre?  Esta  fue la gran cuarta pregunta de  Kant,  y  quizá no sea un interrogante que espere respuesta, tal vez ni siquiera tenga respuesta y sólo busque concitar inquietudes sobre nuevos problemas que  giran como fatídicos satélites alrededor del agujero negro que es el objeto central de esta cuestión.  La pregunta abre la puerta de un caudaloso laberinto de nuevos interrogantes, muchos de ellos son caminos ineluctables hacia  las profundidades de las paradojas.
¿Qué es,  qué  entidad tiene ese ser que pregunta, qué es el hombre? ¿A quién pregunta, de quien espera respuesta? ¿Qué espera como respuesta: una definición, una explicación, una identificación, o la entidad y esencia del hombre? ¿Qué tanto reconoce que desconoce del hombre, quien formula la  pregunta?

Parecería que no es posible definir al hombre. Definirlo es limitarlo, reducirlo, colocarle barreras que constituirían él límite de lo humano. La naturaleza del hombre no admite restricciones, definiciones o límites. Cuando descubre la prohibición devora la manzana y se registra en el libro de récord donde suscribe las transgresiones a los límites, como lo señalara  Bakunin.
Además,  el intento de definir al hombre puede abrir una puerta de entrada a la paradoja. El hombre es el único ser que define,  y por ser  ese un atributo que le es exclusivo, hay que considerarlo entonces como de su esencia.

Tratar  de definirse así mismo  es correr  el  riesgo   de caer  en una regresión infinita, es  como poner  un espejo  frente   a otro para  que  se reflejen  mutuamente,  o el comercial donde aparece una señora que tiene un tarro en la mano en cuya etiqueta aparece la misma señora con el mismo tarro en la mano y en el tarro de la etiqueta sigue la progresión.   Aquí, el ser que define se define. Es el ser reflejado en el espejo de su definición.

El  sujeto que define traslapa  al objeto que ha definido como  definidor, hay una confusión entre uno y el otro,  entre  el sujeto que  estudia   y  el objeto estudiado.  Pero,  podemos des-cosificar el objeto de la pregunta, cambiando el pronombre relativo que objetiviza por el pronombre relativo que subjetiviza. ¿Qué es el hombre?  ¡Es el ser que define! Entonces ¿Quién es el hombre?  El ser definido.

La Irrupción de  la  Lógica
El hombre es un ser altamente complejo, saturado de ambivalencias, con una esencia  asaz dispersa. ¿Qué esencia puede tener este ser que se opone, con la cultura a toda causalidad? Podría invertirse el interrogante a la manera de: “que no es el hombre” para saber que es,  por  reducción  al  absurdo,  pero  el  hombre    ha  creído ser  tantas  veces  cosas  que  él no es.

La  respuesta a  las  anteriores  cuestiones  se ha  pretendido  encontrar  desde  hace  25  siglos  desde  la  lógica, lazarilla  de la razón.  Aristóteles,  padre   de la  lógica  formal   sostuvo  que era  posible llegar  a la  comprensión  de todas  las  cosas  a través  del razonamiento puro. Pero  resulta  que  la   lógica  es  criatura  humana,    luego  caemos  en una  paradoja: ¿la  medida  de todas  las  cosas  no va  a ser  medido  con la  vara  que  mide?  Es  como preguntarse, cuantas veces  se contiene   a  sí  mismo,   o  afirmar   que  el hombre  es  lo que  es,  vale  lo que  vale, pesa  lo que  pesa  y  mide  lo que  mide, lo que en términos matemáticos es igual a uno.

Sean  las siguientes  premisas:
El hombre  crea  la  lógica  y  en su  compañía  mide  todas  las  cosas,   y  las  cosas  son  según la  lógica: verdaderas  o  falsas, malas  o  buenas  etc. ¿Pero  según qué  es  la  lógica? ¿Dé donde deviene  su validez? ¿Dé que  lógica se deduce?  ¿Es  que acaso  la  madre  de la  razón y    la   negación  de la  fe, es  válida  por  fe?  Y  si  se desconoce  la validez de la medida  ¿Cómo  confiar   en lo medido  y en  quien mide? Desde   la  antropología, pero siempre  con la  ayuda  de la  lógica  se puede  afirmar  que  la  validez  viene  dada   por  el ensayo  y error.

Partiendo   de la  apodíctica lógica  de la  lógica,  debemos  decir   sin embargo,  que no es posible dar respuesta  a la pregunta  que  concita  el interrogante primero de este texto  desde  la   lógica  formal,  entonces, quizá  sea  viable hacerlo desde la reducción  al absurdo, por  ello  se plantea  no  partir   desde  hombre  sino hacia  él,  esto es   desde   la  pregunta  ¿Qué  no  es el  hombre?   Al formular  esta  pregunta  inicialmente,  se plantearon  los inconvenientes    que  suscitaba,  pero siendo este  subtítulo  sobre  la  lógica,  se plantean  ahora   los  inconvenientes  de esta.

La  reducción  al absurdo  no resulta ser  la panacea, siendo  una  lógica más  compleja genera,  a partir  de sus   conclusiones  mayores  insatisfacciones. Con ella se concluye, por ejemplo,  que los números naturales son infinitos,  razonando que si no  se les ha hallado un límite es porque no lo tienen. Como  no se  ha  encontrado  el último número finito, se  concluye  que   los números naturales son infinitos. Pero ¿Cómo puede concluirse tal cosa,  cuando,  precisamente, los únicos números que ha  conocido la  razón  son finitos,  sólo  se tiene  la prueba lógica de la finitud? ¿Cómo concluir que son infinitos, a  partir  de que  no se ha  encontrado  el último  finito,  cuando  tampoco  se  ha  hallado  el primer  infinito? Y  más  aún  ¿Cumpliría  un  número  infinito  con la  función  de un número? ¿Para  que  servirá un número infinito,  cómo será uno  de ellos?  Podría tardarme  un año escribiendo  un número y aún así este sería finito. Se vuelve al punto de origen: no es la infinitud del número la limitación del hombre en tanto medida de todas las cosas lo que hace que se presente un número como infinito.  

No se pretende aquí afirmar  que los números sean finitos; pero sí en cambio, que hay  coherencia  y  “lógica”  en la  contradicción  y  que el sistema para razonar sobre ellos es un puerto para navegar al ponto de la paradoja-.

Que pasa entonces con el hombre ¿será ilimitado porque no ha encontrado sus límites? ¿Ha encontrado él límite de sus limitaciones? Es inconmensurable y por eso no alcanza a abarcarse, a comprenderse, o es en cambio insignificante, sumamente pequeño que no alcanza a medir, abarcar  y comprender algo tan  pequeño como él mismo?

¿Es  el  hombre inconmensurable  o es  en cambio un ser confundido que espera mucho de lo  que  en realidad es pequeño? ¿Será que su complejidad,  es algo objetivo u obedece a la obnubilación en la que está inmerso el hombre?   La física ha puesto de manifiesto que la “dureza” – permítase el término  en su  significado no técnico-  de los metales o de las rocas  obedece tanto a sus  átomos -que son casi completamente “huecos”,  es  decir  la  cantidad de materia  que  contienen es mínima  en comparación a su tamaño-, como, y  en mayor  proporción,  a nuestros átomos, que son muchísimo más débiles, pero siendo  el hombre  quien mide,  la dureza de esos materiales se mide  en relación  con el  medidor  y  por la oposición –fuerza contraria-  que hace a la debilidad de quien mide.  Así sucede con la complejidad.  Pero esto  no niega  lo  complejo   del hombre,  sólo  niega su grandeza.

Ahora, esto no hace que el interrogante fundamental  deje de ser objetivo y comiencen a ser subjetivo.  Sigue siendo objetivo solo que no respecto del objeto que se estudia sino del objeto que  constituye al sujeto que valúa. Objetivamente el hombre es débil frente a la roca y si la roca le cayera...    Lo mismo le sucede con la complejidad,  mutatis mutandi.  Puede  afirmarse: Las cosas  son tan grandes y complejas, que  ni siquiera  un ser grande y  racional como el hombre puede abarcarlas  y  comprenderlas. O  lo contrario y con la misma lógica: El hombre  es tan pequeño  y  confundido que  nada  puede abarcar,  que  todo  lo que  cree  comprender resulta ser  diferente. 

¿Entonces la complejidad sería el resultado de la confusión del hombre,  de su capacidad reducida  para comprenderse?
 -Hácese   la  salvedad,  de    que  la  discusión  no se desarrolla   sobre  la  complejidad  sino  sobre el hombre-

Razonando  aún  desde la  reducción al absurdo,  puede  afirmarse  que la respuesta sobre su entidad  no la halla porque no se conforma con respuestas elementales. El hombre no quiere una explicación pequeña de su existencia que lo ubique a la par de los demás seres, no puede confundirse con el árbol, con el perro, tener el mismo origen y el mismo fin que el gusano (y  con esto se sostiene  de manera implícita  que   el  hombre  no acepta ser  siquiera  como él mismo). Por eso se coloca en el centro  del universo y se explica como  hijo directo de Dios y hecho  a su imagen y semejanza (siendo  Dios algo  inconmensurable, infinito,  omnipotente)

Pero no puede llegar a las cosas más que por la lógica y la lógica contradecía el origen que el mismo se había dado en el mito y la religión. La fe está por fuera de toda lógica y esto le desespera y por eso buscaba justificar con la lógica lo que ya había dicho que se justificaba por fe. Y se pierde en la lógica porque quiere justificar con ella el extravío, el error,  lo que no es fruto de ella.

Pero  si se  habla  de frutos, la lógica es ya, “fruto del árbol podrido”. La lógica, como criatura  humana está infestada  de su delirio.  El  hombre errático y  enceguecido ha  tomado a  la  lógica  lazarillo,  pero esta padece igual astigmatismo.

El hombre confundido y fascinado, rey y dueño único de la razón y de la lógica juguetea con ella  sin más  árbitros   que  el ensayo  y error, y construye un mundo de paradoja en el que se ve inmerso. De pronto,  se descubre haciendo parte del mundo que construyó, del cuadro que pinto; como si fuera su propia creación, un personaje más de su misma novela, sujeto las reglas de juego que impuso y a la lógica de su propia narración.
El hombre razona por que tiene una lógica, sin ella solo delirios tendría.  Así con esta lógica, las cosas son racionales sólo si se sujetan a los limites que la lógica impone –como son legales los actos que se sujetan a las leyes que el mismo promulga- y estos  límites –de la lógica o de las leyes- evitarían en el hombre  el extravío. 

SOFISMAS
La lógica da la estructura hermosa, que hace inteligible lo razonado, esta inteligibilidad  las hace creíbles. Las verdades,  o son lógicas o pasan a ser misterios. ¿Pero, solo las verdades son lógicas? ¿Qué hay más coherente y lógico que un sofisma? Los sofismas son la belleza del pensamiento errático hacia donde el hombre poseído de frenesí  es conducido  por la “lógica”.

La lógica vindica la razón y viceversa: y las dos vindican al hombre  que  las “domina”. Será, por lo menos en lo racional, más valioso el hombre dotado de buena razón y lógica; el inteligente, que hace inteligible con la lógica lo obscuro; por  ello, occidente erige como sumos  sacerdotes  de la  razón a  los filósofos.

Pero,  si rendimos  culto  a  la  razón,  es dable  hacer  la  siguiente  reflexión:
Frente al filósofo, que reflexiona sobre lo  cierto, lo real, lo verdadero,  con todos los elementos de la cultura y de la historia a su favor, y  sin embargo casi siempre sólo logra formular meras  hipótesis, teorías, postulados, etc., sujetos siempre a contradicciones o verificaciones  ulteriores (falsacionismo en términos de Popper) ¿No será acaso,  más valioso  el sofista, si ha de medirse lo  valioso por los frutos del uso de la razón y la lógica?  ¿No será más  valioso  e  inteligente cuando  es capaz de concluir coherentemente y con suma lógica lo absurdo y contrario a la verdad, a  la historia, a la cultura? Mostrar como inteligible lo absurdo, lo obscuro; Como un acierto  el error, como verdad inequívoca la paradoja,  es  una evidente  muestra  de mayor  manejo de  la  lógica  que  quien  sólo puede  formular  hipótesis, cuando  cuenta  con todos  los elementos  de  la  realidad a  su  favor. –ojo,  que esta aparente conclusión es un sofisma-.

Mírese la estructura y más que ello, belleza lógica del sofisma de Zenón, del que  existen varias  lecturas: una,  la de Aquiles y La Tortuga,  otra versión muy popular  supone que “el de los  pies ligeros” nunca  podrá llegar a  una meta determinada.  Esta, supone que Aquiles nunca podría  recorrer el trayecto total sin haber recorrido  la mitad del mismo, ni recorrer esta  mitad sin  recorrer  a su vez la  mitad de ella y así sucesiva mente,  pues siempre  que  tenga una distancia determinada  para recorrer,  descubrirá  que no podrá  hacerlo  sin haber  recorrido antes la  mitad  de ella; y así  sucesivamente,  Aquiles nunca descubrirá siquiera el  espacio  mínimo que debe recorrer para iniciar su marcha, por que esta se pierde en una indeterminación.

Esta afirmación  puede  ser negada desde  el sentido  común; pero no puede pasarse  por  alto   que  el mismo   Aristóteles, padre de la lógica formal,   afirmó  que  todas  las cosas podían ser  divididas  hasta  el  infinito.  La  física  actual,  por   su parte,  ha  logrado dividir  al átomo en partes  muy  pequeñas,  teniendo  como  único  inconveniente para  seguir  dividiéndolo,  no la materia   sino  los  medios, cediéndole  razón al filósofo.
El sofisma  de  Zenón,  -aceptado siempre como sofisma y nunca  como una verdad-,  se refleja  en lo  que sucede con la Asíntota, esa curva, que se acerca siempre más a una recta pero que  nunca alcanza a tocarla. Podría figurarse  que  el atleta  es esa  curva que se acerca a la meta que es la recta  y que  nunca  llega  a  alcanzarla.
¿Será que cuando el recorrido intenta  hacerlo  Aquiles es un sofisma y cuando  lo hace  la curva  no?  
Lo mismo que  al atleta  de  Zenón  y  a  la curva,   le sucedería a alguien que quisiera recorrer todos los números irracionales existentes entre los naturales uno y dos. No podrá llegar a dos sin pasar por 1,5  ni a este sin  alcanzar el 1.25, al cual tampoco alcanzará   sin haber contado  él 1.125 y  él 1.0625 etc. y  puede seguir dividiendo, para ubicar,  no  solo  los   puntos por donde debe pasar,  sino  por  donde comenzar, que además  de que nunca llegará a dos, tampoco  encontrará siquiera el mínimo número que ya no pueda ser dividido para saber donde habrá de dar el primer paso, ese primer irracional  que es inmediatamente mayor que  1 sin que haya otro que se interponga entre ellos.  ¿Por qué es sofisma lo de Zenón, cuando la existencia  del primer irracional superior a uno es un apotegma matemático y la asíntota   es un apotegma de la  geometría?  Parece más sofisma concluir que los naturales son infinitos por reducción al absurdo. Es ilógico  -aunque sea cierto- concluir  que  hay   infinitos  cuando  contando  sólo hemos  encontrado  finitos.

El sofisma  evidencia la irrupción de la complejidad en discurrir  humano,  es  el conato de naufragio  de la  lógica.

La inmensa pequeñez del hombre no comprende siquiera su propia  lógica,  con la que ha pretendido comunicarse, valorar, construir, presentar,  y  abatido  debe retornar  a  la  fe  de las presunciones,  y presumir  la validez  de los  juicios  lógicos.

¿Qué tan valioso es todo lo que el hombre ha hecho y dicho? ¿Cómo saber cuando no fue víctima del extravío de la lógica o de la deficiencia de su entendimiento?
Pero el hombre  sigue  impertérrito  y  no está dispuesto a hacer  concesiones ni  a admitir  errores porque siempre  se ha  asumido  racional,  tampoco  reconocerá  su pequeñez,  porque desde siempre se ha visto como grande, inconmensurable, imagen y semejanza de Dios, centro del universo, medida de todas las cosas.
Pero que más podría ser el hombre, en una historia que el mismo ha escrito,  en una  cultura  que   él  ha  construido: un gran protagonista. Un  gran ser que llega al extremo de estar inconforme y  se proclamó “súper  hombre”,  porque  incluso, ser  hombre  le pareció  poco para  su “grandeza”.

¿Qué será el hombre? ¿Qué es ese ser perdido de sí mismo que se busca en la respuesta de su propio interrogante? Que busca satisfacerse con una respuesta lógica, con una lógica construida desde ella misma y que nada la excluye del error. ¿A qué respuesta, a que definición, explicación o conclusión podrá llegar, que le satisfaga?

Como no almacenar la duda de que el resultado no será un fruto errático de su lógica errática, construida desde premisas absolutas, cuando el absoluto es la paradoja absoluta. Todo y nada, extremos que se entrelazan  sin admitir nada fuera de ellos: ¿Qué ha conocido el hombre que cada vez que abre una ventana desde su lógica se encuentra enfrentado al infinito: números infinitos, tiempo infinito, espacio infinito, universo infinito, el todo infinito y la nada infinita,  ni siquiera  Dios  pudo  ser  finito;  lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. 

¿La medida de qué, es el hombre ante lo  infinito? Quizá la medida de su propio espanto, de su propia demencia, de su desesperación, la medida de sí mismo. Un físico teórico afirmó que si la curva espacio tiempo es infinita entonces el hombre es infinitamente pequeño, que   sería  el resultado  de dividir lo  infinito  de la  curva  espacio  tiempo  por  el  tiempo  que  dura  y  el  espacio  que  ocupa el  hombre.

Hoy,  este “sapien-demes, loco cuerdo” como lo llama Moran en el Paradigma Perdido,  es   despojado de  su  majestuosa vestidura  de  rey,  como  cuando Segismundo  despertó  de su sueño. 

De  ser  centro  del mundo,  donde siempre  se  creyó, y alrededor del cual todo giraba,  Copérnico lo envío a la periferia.  De ser imagen y semejanza de Dios, lo despojó  Darwin, quien  le hizo caer en cuenta que solo era imagen y semejanza del simio. De  su altar  de  ser  racional, dueño y señor de la lógica, fue desalojado por Freud1, quien lo puso a girar  en torno a lo que más lo avergonzaba: el sexo. .

Pero sigue empecinado  en no ceder terreno, hoy,  ubicado en el lugar donde lo dejó Copérnico  ha  cambiado  los  valores  y afirma que nada es el centro, que todo es la periferia, con lo que  se recupera primeramente  de su primer despojo. Al descubrirse imagen del simio se ha diferenciado de lo mas evolucionado de aquel llamándose sapiens para luego el su delirio, como Napoleón, coronarse a sí mismo, con un nuevo título: sapiens sapies y ahora Dios comienza a importarle poco.




1 ERNEST, Jones. Citado  por Skinner, B. F. Mas allá  de la libertad  y la Dignidad, Barcelona  1973.

sábado, 5 de marzo de 2016

Bienvenidos!

Lege Ferenda es un espacio para reflexionar sobre el Derecho y la Política en tanto debe concretarse en norma jurídica