Lege Ferenda
martes, 2 de agosto de 2016
lunes, 7 de marzo de 2016
PREGUNTAS SOBRE EL HOMBRE
PREGUNTAS
SOBRE EL HOMBRE
Por Rolls Moorre T. 1999
¿Qué es el
hombre? Esta fue la gran cuarta pregunta de Kant,
y quizá no sea un interrogante que
espere respuesta, tal vez ni siquiera tenga respuesta y sólo busque concitar
inquietudes sobre nuevos problemas que
giran como fatídicos satélites alrededor del agujero negro que es el
objeto central de esta cuestión. La
pregunta abre la puerta de un caudaloso laberinto de nuevos interrogantes,
muchos de ellos son caminos ineluctables hacia
las profundidades de las paradojas.
¿Qué
es, qué
entidad tiene ese ser que pregunta, qué es el hombre? ¿A quién pregunta,
de quien espera respuesta? ¿Qué espera como respuesta: una definición, una
explicación, una identificación, o la entidad y esencia del hombre? ¿Qué tanto
reconoce que desconoce del hombre, quien formula la pregunta?
Parecería
que no es posible definir al hombre. Definirlo es limitarlo, reducirlo,
colocarle barreras que constituirían él límite de lo humano. La naturaleza del
hombre no admite restricciones, definiciones o límites. Cuando descubre la
prohibición devora la manzana y se registra en el libro de récord donde
suscribe las transgresiones a los límites, como lo señalara Bakunin.
Además, el intento de definir al hombre puede abrir
una puerta de entrada a la paradoja. El hombre es el único ser que define, y por ser
ese un atributo que le es exclusivo, hay que considerarlo entonces como
de su esencia.
Tratar de definirse así mismo es correr
el riesgo de caer
en una regresión infinita, es
como poner un espejo frente
a otro para que se reflejen
mutuamente, o el comercial donde
aparece una señora que tiene un tarro en la mano en cuya etiqueta aparece la
misma señora con el mismo tarro en la mano y en el tarro de la etiqueta sigue
la progresión. Aquí, el ser que define
se define. Es el ser reflejado en el espejo de su definición.
El sujeto que define traslapa al objeto que ha definido como definidor, hay una confusión entre uno y el
otro, entre el sujeto que
estudia y el objeto estudiado. Pero,
podemos des-cosificar el objeto de la pregunta, cambiando el pronombre
relativo que objetiviza por el pronombre relativo que subjetiviza. ¿Qué es el
hombre? ¡Es el ser que define! Entonces
¿Quién es el hombre? El ser definido.
El
hombre es un ser altamente complejo, saturado de ambivalencias, con una
esencia asaz dispersa. ¿Qué esencia
puede tener este ser que se opone, con la cultura a toda causalidad? Podría
invertirse el interrogante a la manera de: “que no es el hombre” para saber que
es, por
reducción al absurdo,
pero el hombre
ha creído ser tantas
veces cosas que él
no es.
La respuesta a
las anteriores cuestiones
se ha pretendido encontrar
desde hace 25
siglos desde la
lógica, lazarilla de la razón. Aristóteles,
padre de la lógica
formal sostuvo que era
posible llegar a la comprensión
de todas las cosas
a través del razonamiento puro.
Pero resulta que
la lógica es
criatura humana, luego caemos
en una paradoja: ¿la medida
de todas las cosas
no va a ser medido
con la vara que
mide? Es como preguntarse, cuantas veces se contiene
a sí mismo,
o afirmar que
el hombre es lo que
es, vale lo que
vale, pesa lo que pesa
y mide lo que
mide, lo que en términos matemáticos es igual a uno.
Sean las siguientes premisas:
El
hombre crea la
lógica y en su
compañía mide todas
las cosas, y las
cosas son según la
lógica: verdaderas o falsas, malas
o buenas etc. ¿Pero
según qué es la
lógica? ¿Dé donde deviene su
validez? ¿Dé que lógica se
deduce? ¿Es que acaso
la madre de la
razón y la negación
de la fe, es válida
por fe? Y
si se desconoce la validez de la medida ¿Cómo
confiar en lo medido y en
quien mide? Desde la antropología, pero siempre con la
ayuda de la lógica
se puede afirmar que la validez
viene dada por
el ensayo y error.
Partiendo de la
apodíctica lógica de
la lógica, debemos
decir sin embargo, que no es posible dar respuesta a la pregunta
que concita el interrogante primero de este texto desde
la lógica formal,
entonces, quizá sea viable hacerlo desde la reducción al absurdo, por ello
se plantea no partir
desde hombre sino hacia
él, esto es desde
la pregunta ¿Qué
no es el hombre?
Al formular esta pregunta
inicialmente, se plantearon los inconvenientes que
suscitaba, pero siendo este subtítulo
sobre la lógica,
se plantean ahora los
inconvenientes de esta.
La reducción
al absurdo no resulta ser la panacea, siendo una
lógica más compleja genera, a partir
de sus conclusiones mayores
insatisfacciones. Con ella se concluye, por ejemplo, que los números naturales son infinitos, razonando que si no se les ha hallado un límite es porque no lo
tienen. Como no se ha
encontrado el último número
finito, se concluye que
los números naturales son infinitos. Pero ¿Cómo puede concluirse tal
cosa, cuando, precisamente, los únicos números que ha conocido la
razón son finitos, sólo
se tiene la prueba lógica de la
finitud? ¿Cómo concluir que son infinitos, a
partir de que no se ha
encontrado el último finito,
cuando tampoco se
ha hallado el primer
infinito? Y más aún
¿Cumpliría un número
infinito con la función
de un número? ¿Para que servirá un número infinito, cómo será uno
de ellos? Podría tardarme un año escribiendo un número y aún así este sería finito. Se vuelve
al punto de origen: no es la infinitud del número la limitación del hombre en
tanto medida de todas las cosas lo que hace que se presente un número como
infinito.
No
se pretende aquí afirmar que los números
sean finitos; pero sí en cambio, que hay
coherencia y “lógica” en la
contradicción y que el sistema para razonar sobre ellos es un
puerto para navegar al ponto de la paradoja-.
Que
pasa entonces con el hombre ¿será ilimitado porque no ha encontrado sus límites?
¿Ha encontrado él límite de sus limitaciones? Es inconmensurable y por eso no
alcanza a abarcarse, a comprenderse, o es en cambio insignificante, sumamente
pequeño que no alcanza a medir, abarcar
y comprender algo tan pequeño
como él mismo?
¿Es el
hombre inconmensurable o es en cambio un ser confundido que espera mucho
de lo que en realidad es pequeño? ¿Será que su
complejidad, es algo objetivo u obedece
a la obnubilación en la que está inmerso el hombre? La física ha puesto de manifiesto que la
“dureza” – permítase el término en
su significado no técnico- de los metales o de las rocas obedece tanto a sus átomos -que son casi completamente
“huecos”, es decir
la cantidad de materia que
contienen es mínima en
comparación a su tamaño-, como, y en
mayor proporción, a nuestros átomos, que son muchísimo más
débiles, pero siendo el hombre quien mide,
la dureza de esos materiales se mide
en relación con el medidor
y por la oposición –fuerza
contraria- que hace a la debilidad de
quien mide. Así sucede con la
complejidad. Pero esto no niega
lo complejo del hombre,
sólo niega su grandeza.
Ahora,
esto no hace que el interrogante fundamental
deje de ser objetivo y comiencen a ser subjetivo. Sigue siendo objetivo solo que no respecto
del objeto que se estudia sino del objeto que
constituye al sujeto que valúa. Objetivamente el hombre es débil frente
a la roca y si la roca le cayera... Lo
mismo le sucede con la complejidad, mutatis
mutandi. Puede afirmarse: Las cosas son tan grandes y complejas, que ni siquiera
un ser grande y racional como el
hombre puede abarcarlas y comprenderlas. O lo contrario y con la misma lógica: El
hombre es tan pequeño y
confundido que nada puede abarcar, que
todo lo que cree
comprender resulta ser diferente.
¿Entonces
la complejidad sería el resultado de la confusión del hombre, de su capacidad reducida para comprenderse?
-Hácese
la salvedad, de
que la discusión
no se desarrolla sobre la
complejidad sino sobre el hombre-
Razonando aún
desde la reducción al
absurdo, puede afirmarse
que la respuesta sobre su entidad
no la halla porque no se conforma con respuestas elementales. El hombre
no quiere una explicación pequeña de su existencia que lo ubique a la par de
los demás seres, no puede confundirse con el árbol, con el perro, tener el
mismo origen y el mismo fin que el gusano (y
con esto se sostiene de manera
implícita que el
hombre no acepta ser siquiera
como él mismo). Por eso se coloca en el centro del universo y se explica como hijo directo de Dios y hecho a su imagen y semejanza (siendo Dios algo
inconmensurable, infinito,
omnipotente)
Pero
no puede llegar a las cosas más que por la lógica y la lógica contradecía el
origen que el mismo se había dado en el mito y la religión. La fe está por
fuera de toda lógica y esto le desespera y por eso buscaba justificar con la
lógica lo que ya había dicho que se justificaba por fe. Y se pierde en la
lógica porque quiere justificar con ella el extravío, el error, lo que no es fruto de ella.
Pero si se
habla de frutos, la lógica es ya,
“fruto del árbol podrido”. La lógica, como criatura humana está infestada de su delirio. El
hombre errático y enceguecido
ha tomado a la
lógica lazarillo, pero esta padece igual astigmatismo.
El
hombre confundido y fascinado, rey y dueño único de la razón y de la lógica
juguetea con ella sin más árbitros
que el ensayo y error, y construye un mundo de paradoja en
el que se ve inmerso. De pronto, se
descubre haciendo parte del mundo que construyó, del cuadro que pinto; como si
fuera su propia creación, un personaje más de su misma novela, sujeto las
reglas de juego que impuso y a la lógica de su propia narración.
El
hombre razona por que tiene una lógica, sin ella solo delirios tendría. Así con esta lógica, las cosas son
racionales sólo si se sujetan a los limites que la lógica impone –como son
legales los actos que se sujetan a las leyes que el mismo promulga- y
estos límites –de la lógica o de las
leyes- evitarían en el hombre el
extravío.
SOFISMAS
La
lógica da la estructura hermosa, que hace inteligible lo razonado, esta
inteligibilidad las hace creíbles. Las
verdades, o son lógicas o pasan a ser
misterios. ¿Pero, solo las verdades son lógicas? ¿Qué hay más coherente y
lógico que un sofisma? Los sofismas son la belleza del pensamiento errático
hacia donde el hombre poseído de frenesí
es conducido por la “lógica”.
La
lógica vindica la razón y viceversa: y las dos vindican al hombre que
las “domina”. Será, por lo menos en lo racional, más valioso el hombre
dotado de buena razón y lógica; el inteligente, que hace inteligible con la
lógica lo obscuro; por ello, occidente
erige como sumos sacerdotes de la
razón a los filósofos.
Pero, si rendimos
culto a la
razón, es dable hacer
la siguiente reflexión:
Frente
al filósofo, que reflexiona sobre lo
cierto, lo real, lo verdadero,
con todos los elementos de la cultura y de la historia a su favor,
y sin embargo casi siempre sólo logra
formular meras hipótesis, teorías,
postulados, etc., sujetos siempre a contradicciones o verificaciones ulteriores (falsacionismo en términos de
Popper) ¿No será acaso, más valioso el sofista, si ha de medirse lo valioso por los frutos del uso de la razón y
la lógica? ¿No será más valioso
e inteligente cuando es capaz de concluir coherentemente y con
suma lógica lo absurdo y contrario a la verdad, a la historia, a la cultura? Mostrar como
inteligible lo absurdo, lo obscuro; Como un acierto el error, como verdad inequívoca la
paradoja, es una evidente
muestra de mayor manejo de
la lógica que
quien sólo puede formular
hipótesis, cuando cuenta con todos
los elementos de la
realidad a su favor. –ojo,
que esta aparente conclusión es un sofisma-.
Mírese
la estructura y más que ello, belleza lógica del sofisma de Zenón, del
que existen varias lecturas: una, la de Aquiles y La Tortuga, otra versión muy popular supone que “el de los pies ligeros” nunca podrá llegar a una meta determinada. Esta, supone que Aquiles nunca podría recorrer el trayecto total sin haber
recorrido la mitad del mismo, ni
recorrer esta mitad sin recorrer
a su vez la mitad de ella y así
sucesiva mente, pues siempre que
tenga una distancia determinada
para recorrer, descubrirá que no podrá
hacerlo sin haber recorrido antes la mitad
de ella; y así
sucesivamente, Aquiles nunca descubrirá
siquiera el espacio mínimo que debe recorrer para iniciar su
marcha, por que esta se pierde en una indeterminación.
Esta
afirmación puede ser negada desde el sentido
común; pero no puede pasarse
por alto que
el mismo Aristóteles, padre de
la lógica formal, afirmó que
todas las cosas podían ser divididas
hasta el infinito.
La física actual,
por su parte, ha
logrado dividir al átomo en
partes muy pequeñas,
teniendo como único
inconveniente para seguir dividiéndolo,
no la materia sino los
medios, cediéndole razón al filósofo.
El
sofisma de Zenón,
-aceptado siempre como sofisma y nunca
como una verdad-, se refleja en lo
que sucede con la
Asíntota , esa curva, que se acerca siempre más a una recta
pero que nunca alcanza a tocarla. Podría
figurarse que el atleta
es esa curva que se acerca a la
meta que es la recta y que nunca
llega a alcanzarla.
¿Será
que cuando el recorrido intenta
hacerlo Aquiles es un sofisma y
cuando lo hace la curva
no?
Lo
mismo que al atleta de
Zenón y a la
curva, le sucedería a alguien que quisiera
recorrer todos los números irracionales existentes entre los naturales uno y
dos. No podrá llegar a dos sin pasar por 1,5
ni a este sin alcanzar el 1.25,
al cual tampoco alcanzará sin haber
contado él 1.125 y él 1.0625 etc. y puede seguir dividiendo, para ubicar, no
solo los puntos por donde debe pasar, sino
por donde comenzar, que
además de que nunca llegará a dos,
tampoco encontrará siquiera el mínimo
número que ya no pueda ser dividido para saber donde habrá de dar el primer
paso, ese primer irracional que es
inmediatamente mayor que 1 sin que haya
otro que se interponga entre ellos. ¿Por
qué es sofisma lo de Zenón, cuando la existencia del primer irracional superior a uno es un
apotegma matemático y la asíntota es un
apotegma de la geometría? Parece más sofisma concluir que los naturales
son infinitos por reducción al absurdo. Es ilógico -aunque sea cierto- concluir que
hay infinitos cuando
contando sólo hemos encontrado
finitos.
El
sofisma evidencia la irrupción de la
complejidad en discurrir humano, es el
conato de naufragio de la lógica.
La
inmensa pequeñez del hombre no comprende siquiera su propia lógica,
con la que ha pretendido comunicarse, valorar, construir,
presentar, y abatido
debe retornar a la
fe de las presunciones, y presumir
la validez de los juicios
lógicos.
¿Qué
tan valioso es todo lo que el hombre ha hecho y dicho? ¿Cómo saber cuando no
fue víctima del extravío de la lógica o de la deficiencia de su entendimiento?
Pero
el hombre sigue impertérrito
y no está dispuesto a hacer concesiones ni a admitir
errores porque siempre se ha asumido
racional, tampoco reconocerá
su pequeñez, porque desde siempre
se ha visto como grande, inconmensurable, imagen y semejanza de Dios, centro
del universo, medida de todas las cosas.
Pero
que más podría ser el hombre, en una historia que el mismo ha escrito, en una
cultura que él
ha construido: un gran
protagonista. Un gran ser que llega al
extremo de estar inconforme y se
proclamó “súper hombre”, porque
incluso, ser hombre le pareció
poco para su “grandeza”.
¿Qué
será el hombre? ¿Qué es ese ser perdido de sí mismo que se busca en la
respuesta de su propio interrogante? Que busca satisfacerse con una respuesta
lógica, con una lógica construida desde ella misma y que nada la excluye del
error. ¿A qué respuesta, a que definición, explicación o conclusión podrá
llegar, que le satisfaga?
Como
no almacenar la duda de que el resultado no será un fruto errático de su lógica
errática, construida desde premisas absolutas, cuando el absoluto es la
paradoja absoluta. Todo y nada, extremos que se entrelazan sin admitir nada fuera de ellos: ¿Qué ha
conocido el hombre que cada vez que abre una ventana desde su lógica se
encuentra enfrentado al infinito: números infinitos, tiempo infinito, espacio
infinito, universo infinito, el todo infinito y la nada infinita, ni siquiera
Dios pudo ser
finito; lo infinitamente grande y
lo infinitamente pequeño.
¿La
medida de qué, es el hombre ante lo
infinito? Quizá la medida de su propio espanto, de su propia demencia,
de su desesperación, la medida de sí mismo. Un físico teórico afirmó que si la
curva espacio tiempo es infinita entonces el hombre es infinitamente pequeño,
que sería el resultado
de dividir lo infinito de la
curva espacio tiempo
por el tiempo
que dura y
el espacio que
ocupa el hombre.
Hoy, este “sapien-demes, loco cuerdo” como lo
llama Moran en el Paradigma Perdido,
es despojado de su
majestuosa vestidura de rey,
como cuando Segismundo despertó
de su sueño.
De ser
centro del mundo, donde siempre
se creyó, y alrededor del cual
todo giraba, Copérnico lo envío a la
periferia. De ser imagen y semejanza de
Dios, lo despojó Darwin, quien le hizo caer en cuenta que solo era imagen y
semejanza del simio. De su altar de
ser racional, dueño y señor de la
lógica, fue desalojado por Freud1, quien lo
puso a girar en torno a lo que más lo
avergonzaba: el sexo. .
Pero
sigue empecinado en no ceder terreno,
hoy, ubicado en el lugar donde lo dejó
Copérnico ha cambiado
los valores y afirma que nada es el centro, que todo es
la periferia, con lo que se recupera
primeramente de su primer despojo. Al descubrirse
imagen del simio se ha diferenciado de lo mas evolucionado de aquel llamándose sapiens para luego el su delirio, como
Napoleón, coronarse a sí mismo, con un nuevo título: sapiens sapies y ahora Dios comienza a importarle poco.
sábado, 5 de marzo de 2016
Bienvenidos!
Lege Ferenda es un espacio para reflexionar sobre el Derecho y la Política en tanto debe concretarse en norma jurídica
Suscribirse a:
Entradas (Atom)